No esperamos que la gente venga al teatro, nosotros vamos a la
casa de la gente", dicen los actores de la compañía
errante —como ellos mismos la definen— "Teatro
a la hora de los postres". Abián Vainstein, Catherine
Biquard, Graciela Muñiz y Miguel Wahren (los cuatro cuentan
con experiencia en teatro, cine y televisión) intentan
rescatar una antigua práctica. "Queremos hacer como
en la época de Shakespeare, cuando los grandes señores
contrataban compañías teatrales para que representen
obras en sus palacios", explican.
La propuesta consiste en montar una representación con
una sencilla puesta en escena, que incluye vestuario de época
y poca utilería, en un clima intimista. El grupo de artistas
concurre a la casa que solicita la representación, a la
hora de los postres. No sólo llegan con su arte, sino también
con café y tortas caseras, de la repostería escandinava,
cocinadas por Miguel, quien además de actor es repostero,
músico y médico pediatra. No tienen una dirección
en la calle Corrientes, como las salas teatrales, pero sí
gozan de un domicilio artístico en Internet (http://www.teatroalahoradelospostres.ar.kz/).
En el living de una casa particular, el público aguarda
expectante el comienzo de la función, mientras contempla
las bandejas de tortas prolijamente presentadas. Un "mozo"
(que más tarde se revelará como uno de los intérpretes
de la obra), ofrece a la concurrencia: "¿Torta de
manzana, de pera o de chocolate?". Luego de dar la bienvenida,
un presentador (además asistente del espectáculo)
dice: "Estamos en un hotel, al sur de Francia". Y por
obra de la magia del teatro, los presentes se transportan a esa
otra parte, absolutamente imaginaria, en la que suceden los hechos.
La obra que ofrece actualmente el elenco de "Teatro a la
hora de los postres" (tienen la idea de ampliar el repertorio)
es Vidas privadas, una versión libre basada en la obra
homónima de Noel Coward. Es la historia de una pareja que
ha terminado su matrimonio cinco años atrás. Ambos
se reencuentran por casualidad con sus nuevas parejas y se desata
la comedia. La pieza es ágil y entretenida y los actores
se desenvuelven con mucha gracia. Dura aproximadamente 50 minutos.
Al finalizar, la gente sigue degustando tortas y conversa con
los actores. Y pide fotografiarse con ellos en una amena tertulia
al filo de la ficción.
La escenografía se construye a partir del ámbito
que proporciona cada lugar, con sus muebles y decoración.
"Sólo necesitamos un sofá y una mesita".
Los improvisados camarines se arman en los espacios de que disponen
domicilios a los que van. Desde un cuarto hasta un hueco debajo
de una escalera son propicios para los cambios de ropa. La experiencia
que tienen hasta ahora indica que sus clientes los contratan para
agasajar a alguien, regalándole, nada más y nada
menos que una obra de teatro. Ya hicieron catorce funciones con
esta forma, para cumpleaños, aniversarios, despedidas de
viajes y otros eventos. Hicieron funciones para grupos de 25 personas,
pero también de 100. El teatro "a domicilio",
se suma entonces a los otros tantos servicios puerta a puerta
que configuran la cultura de nuestro tiempo. Pero no puede decirse
que esta propuesta no sea original, ni que el alimento para el
cuerpo (las tortas) y para el alma (el teatro) que llevan para
quienes los contratan se parezcan en conjunto a otras ofertas
de delivery.
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